Lecciones de Renca–Quilicura: repensar el tránsito de cargas peligrosas en zonas urbanas

El reciente siniestro en el límite de Renca y Quilicura, donde un camión que transportaba gas licuado colisionó y generó una deflagración que afectó a siete vehículos, nos obliga a mirar con seriedad cómo estamos gestionando el traslado de sustancias peligrosas en la Región Metropolitana. Más allá de la conmoción, debemos extraer aprendizajes concretos.

Lo primero que salta a la vista es la autorización para que estos camiones circulen en horario punta. Según la normativa vigente, el transporte de cargas peligrosas tiene ventanas entre 7:30 y 10:00 y entre 18:30 y 20:00, justo los momentos de mayor congestión. En seguridad vial, el principio básico es reducir la exposición al riesgo. Si un vehículo con material inflamable transita cuando las calles están colapsadas, cualquier incidente menor puede transformarse en una tragedia mayor. La densidad vehicular disminuye los márgenes de maniobra y multiplica las víctimas potenciales. Urge preguntarse si tiene sentido mantener estas ventanas o si debemos desplazar estos traslados a horarios de bajo flujo, como ocurre en otros países.

Otra distinción clave es si el camión viaja cargado o vacío. No es lo mismo un estanque lleno de gas licuado que uno inerte. Un vehículo cargado tiene mayor masa, mayor distancia de frenado y un centro de gravedad más alto, lo que eleva el riesgo de vuelco. Además, en caso de impacto, libera energía cinética y química. En cambio, un camión vacío presenta un peligro vial mucho menor. La normativa debiera diferenciar explícitamente ambas situaciones, estableciendo exigencias más estrictas para las unidades cargadas, especialmente en horarios y rutas autorizadas.

El fondo del problema es la convivencia entre zonas industriales y urbanas. El límite Renca-Quilicura concentra bodegas, fábricas y, al mismo tiempo, miles de personas que se desplazan diariamente. Mezclar transporte masivo de pasajeros con logística de sustancias peligrosas en una infraestructura no diseñada para emergencias de alta energía es una bomba de tiempo. La pérdida de control de un camión no debiera convertirse en una catástrofe colectiva.

Como especialistas, debemos evaluar si los horarios actuales son coherentes con la protección de las personas, si existen rutas alternativas segregadas, si se fiscaliza el estado mecánico de estos vehículos y si la normativa diferencia entre carga y vacío. La seguridad vial moderna no solo busca evitar el choque, sino minimizar sus consecuencias. En transporte de materiales peligrosos, eso significa repensar cada variable: el momento, el lugar, la sustancia y el volumen. La vida de quienes habitamos estas zonas depende de que lo hagamos bien.

Andrés Santelices Gálvez

Presidente de Educleta

Foto: Emol.com