La asunción de nuevas autoridades en el Ministerio de Transportes siempre trae consigo una mezcla de expectativas y responsabilidades. Desde Educleta, organización que hace de la seguridad vial su razón de ser, queremos extender una bienvenida cordial, pero también una mirada exigente. No lo hacemos desde la confrontación, sino desde la convicción de que la movilidad urbana segura y sostenible es un derecho que debemos construir con paciencia, pero sin pausa.
Quienes asumieron en marzo las riendas de las políticas de transporte heredan un escenario complejo. Nuestras ciudades siguen diseñadas, en gran medida, para que el automóvil privado sea el protagonista. Este modelo no solo colapsa el espacio público, sino que ha naturalizado una jerarquía donde el peatón, el ciclista y el transporte público ocupan un lugar secundario. El desafío no es menor: se trata de revertir décadas de inercia urbana con valentía técnica y sensibilidad social. Sabemos que gobernar la movilidad es gobernar la convivencia.
Por eso, nuestra exigencia es, ante todo, un llamado a la coherencia. Necesitamos que la seguridad vial deje de ser un capítulo secundario en los titulares y se convierta en el eje transversal de cada proyecto. Cada ciclovía, cada cruce peatonal semaforizado, cada kilómetro de acera reparada o cada norma que priorice al transporte público no son gastos: son inversiones en vidas. Y en este camino, el diálogo no puede ser un mero formalismo. La sociedad civil y la academia deben ser escuchados antes de que los planos se impriman.
Queremos ser muy claros: desde Educleta no solo estamos dispuestos a fiscalizar, sino a ser aliados. Creemos en el aporte constructivo. Conocemos el territorio porque lo caminamos, lo pedaleamos y lo habitamos a diario. Podemos tender puentes allí donde la desconfianza ha instalado barreras. Si se requiere asesoría técnica, mediación comunitaria o simplemente abrir canales de escucha activa, allí estaremos. Porque la seguridad vial no se decreta desde un escritorio: se cocina en el barrio, se negocia en la esquina conflictiva y se valida en la confianza de quienes usan la vía pública.
La invitación, entonces, es a asumir este período con la ambición de lo posible. No se trata de gestos grandilocuentes, sino de esa política de hormiga que multiplica cruces seguros, reduce velocidades en zonas sensibles y devuelve a las personas la libertad de moverse sin temor. La sostenibilidad no es un lujo estético; es una necesidad de salud pública, equidad y justicia territorial.
Confiamos en que las nuevas autoridades entenderán que su mayor legado no serán las autopistas que se construyan, sino las vidas que se protejan. Nos tienen, para lo que se necesite, como una organización seria, cordial y profundamente comprometida. Porque cuando la calle es segura, la ciudad entera respira mejor.
Educleta

